María: primeros momentos tras una noche habitualmente complicada

Unos “buenos días” me sobresaltan. Lo primero que veo es una cara conocida y amable que me pregunta que tal estoy. Es la enfermera haciendo la primera ronda de su turno. Son las 8.15 h de la mañana. Miro alrededor. En el suelo han quedado esparcida parte de la ropa de la cama. La mesita de noche luce completa: vasos, botellas de agua, restos de un bocadillo a medio comer, la jeringa de alimentación, el bote de espesantes y un sinfín de papelitos.

Entonces un pinchazo en el costado me anuncia que me he quedado dormida demasiado tiempo sobre el brazo del sillón. Conozco bien esa sensación. Ahora comenzará el dolor de cabeza y la leve sensación nauseosa. Nada que no haya experimentado en múltiples ocasiones. Tengo frío. El aire acondicionado no consigue nada mejor.

Entonces, cuidadosamente y un poco de reojo, lo miro. Está dormido. Tiene las piernas descubiertas y el pañal despegado por uno de los laterales. Su cara, ahora, es plácida. Y su mano cae al lado de la mía. Nada que ver con la que tenía anoche. Tuve que cogerle la mano para tranquilizarle. Era lo único que lo lograba. Y los sedantes, pero a medias.

A la tercera intentona consigo levantarme. Lo primero es arroparlo. Luego, sé que tengo que hacer. Salgo al pasillo directamente al cuarto de baño. Aunque me cuesta, el agua en la cara termina de despertarme y alivia parcialmente el dolor de cabeza. Me peino y lavo los dientes. Me siento mejor.

Lo siguiente es el mostrador de enfermería. Hoy están María y Elena. Les comento que me bajo. Tienen mi móvil y sé que está en buenas manos.

El primer trago de café es balsámico. Termina de despejarme y pone el estómago en su sitio. Ahora me siento bien. Sólo cansada.

Por fin salgo, el aire llena mis pulmones completamente y no quiero hablar con nadie. Este es mi tiempo. Camino bajo los árboles recreándome únicamente en las sombras caprichosas que producen. En nada más.

Llego a mi banco, que, como cada mañana, está limpio y seco. Como cada mañana. No los de alrededor. Pero sí ese.

Enciendo un cigarrillo prohibido e intento disfrutarlo. Me gusta ese banco porque recoge el poco sol que hay a esa hora de la mañana y me permite ver la ventana de la habitación.

Otro día más. Está durmiendo. Está tranquilo. Está bien.

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